martes, 31 de enero de 2012

Cenote KIN HA

Mi amiga Luz Maria, buzo profesional y bióloga marina, me había hablado de un cenote escondido en la jungla, de camino a Chiquilá que podía encajarnos perfectamente en la ruta que estábamos diseñando y se prestó a llevarnos garantizándonos un buceo que no olvidaríamos. Así que nos subimos al 4x4 pasamos por su casa para recoger las botellas y la seguimos hasta el cenote. Para poder llegar al cenote o lo haces en 4x4 o ya puedes ir olvidándote, el camino es un barrizal angosto lleno de piedras y badenes por donde un turismo no podría pasar. Esta circunstancia ya nos gustaba, si es difícil llegar, menos gente habrá. Seguro que allí no encontrábamos uno de esos horribles autobuses llenos de turistas.
Una vez allí y realizadas las presentaciones al dueño del cenote y solicitados los permisos (150 pesos) para hacer la inmersión, echamos un ojo al cenote en sí. La entrada es una abertura en el suelo por la que desciende una escalera de madera hasta una plataforma desde donde poder saltar cómodamente con los equipos. Nos asaltan las dudas sobre lo resbaladizas que puedan resultar esas escaleras al bajar completamente equipados, pero pueden más las ganas de sumergirnos en el inframundo que el riesgo a bajar de manera poco digna por esos escalones.
Ya en la plataforma, cargados con la botella, el jaquet, los plomos (menos que de costumbre, en estas aguas no flotas tanto como en el mar) y el foco; saltamos con un paso de gigante al agua. Encendemos los focos y seguimos con ellos un cabo que marca los 20 metros. El fondo está más abajo, 20 metros más todavía exactamente. Y desde la superficie se perfila, es increíble la transparencia de estas aguas.
Si tuviese que describir la sensación de bucear en un cenote la respuesta sería volar, te sientes volar. Dada la nitidez del agua; no la ves, no hay movimiento en ella y te sientes flotar completamente ingrávido ante un espectáculo majestuoso de luz filtrándose en el agua, perfilando sus rayos hasta perderse en lo más hondo.
A poco más de 2 metros el cenote Kin Ha empieza a abrirse. Es como si entrases en una catedral por un ventanal ubicado en su bóveda. De los techos que ahora están sobre nosotros cuelgan inmensas estalactitas, unas rectas y otras en forma de campana.
Salimos del agua con esa sonrisa que no puedes quitare de la cara, llenos de felicidad y maravillados por lo que hemos sentido ahí dentro. Si muchas veces los buzos comparamos el fondo marino con otro mundo, los cenotes llevan esta definición a su máximo exponente, es como haber estado en el espacio exterior aunque realmente lo que hemos hecho ha sido bajar al inframundo maya.
Según la Wikipedia existen 3 tipos de cenotes: los de cielo abierto, los semiabiertos y los subterráneos o grutas. Para mí también, los que se encuentran en su estado natural, preciosos pero peligrosos, ojo con los cocodrilos; los que tienen un restaurante o centro de buceo en la puerta que  se diferencian por ser la especie humana la predominante en su ecosistema, y el resto, pequeños, grandes, profundos, abiertos, subterráneos, con o sin haloclinas, con o sin salida al mar, gestionados por sus dueños, pequeños empresarios que han querido ofrecer al mundo un pedazo de su tierra con una intromisión mínima en la naturaleza que les rodea. Y el Kin Ha es uno de ellos.

jueves, 12 de enero de 2012

Viaje por Rivera Maya

Hace ya algunos años tuve la suerte de perderme. Me encontraba en la Rivera Maya, más concretamente en Playa del Carmen con la intención inicial de bucear en Cozumel. Pero En esta ocasión un lugareño me habló de un fantástico animal de 17 metros de largo, inofensivo y con el que podías hacer snorquel. Los habitantes de Holbox le llaman Dómino, por las manchas que tiene su piel que lo hacen parecer una ficha de dicho juego de mesa. Los científicos le llaman Rhincodon typus. Y finalmente los buzos le llamamos Tiburón Ballena, el pez más grande del mundo. Para poder nadar con semejante animal debía desplazarme desde Playa del Carmen hasta la isla de Holbox, situada al norte de la península del Yucatán. Así que alquile un coche me levante bien tempranito y me decidí a recorrer los 200 km que me separaban de él. El desconocimiento del país hizo que no consiguiera realizar el nado hasta 2 días más tarde. En el primer intento perdí el ferri para cruzar a la isla, en el segundo, tuve que volverme de la isla, pues inexplicablemente no cogían dólares, solo pesos, realmente había salido de la zona turística que todo el mundo conoce. Pero a la tercera va la vencida, y lo conseguí. Me reservo el relato de este primer contacto con Dómino para otro artículo, pues bien lo merece.
Al quedarme colgado a horas intempestivas de la mañana al otro lado de la península del Yucatán decidí explorarla. Y ese fue mi pecado. Que diferencia de país. Despojado de todos los aderezos diseñados por y para el turista se mostraba ante mí un terreno  sin contaminar, donde las carreteras se llenan de mariposas, sus gentes te sonríen al pasar sin querer venderte nada, donde las playas se extienden kilómetros y kilómetros sin ninguna construcción, sin ningún habitante.
Fue durante esos días en los que se empezaba a formar una idea en mi cabeza: Crear una ruta donde la gente pueda disfrutar de ese Méjico desconocido. Tan solo una condición, que se mantenga puro, o que por lo menos yo no contribuya a su deterioro, esta es una idea que como buzo tengo bien arraigada después de ver como la mano del hombre puede destrozar paraísos naturales que se mantendrían si aplicáramos ese dicho entre la comunidad submarinista de “llévate solamente fotos y deja solo burbujas”
Dicho y hecho, a los 2 meses estaba de vuelta en Méjico, pero esta vez trazando una ruta, buscando lugares donde dormir, y creando la aventura que cambiaría mi vida.