Mi amiga Luz Maria, buzo profesional y bióloga marina, me había hablado de un cenote escondido en la jungla, de camino a Chiquilá que podía encajarnos perfectamente en la ruta que estábamos diseñando y se prestó a llevarnos garantizándonos un buceo que no olvidaríamos. Así que nos subimos al 4x4 pasamos por su casa para recoger las botellas y la seguimos hasta el cenote. Para poder llegar al cenote o lo haces en 4x4 o ya puedes ir olvidándote, el camino es un barrizal angosto lleno de piedras y badenes por donde un turismo no podría pasar. Esta circunstancia ya nos gustaba, si es difícil llegar, menos gente habrá. Seguro que allí no encontrábamos uno de esos horribles autobuses llenos de turistas.
Una vez allí y realizadas las presentaciones al dueño del cenote y solicitados los permisos (150 pesos) para hacer la inmersión, echamos un ojo al cenote en sí. La entrada es una abertura en el suelo por la que desciende una escalera de madera hasta una plataforma desde donde poder saltar cómodamente con los equipos. Nos asaltan las dudas sobre lo resbaladizas que puedan resultar esas escaleras al bajar completamente equipados, pero pueden más las ganas de sumergirnos en el inframundo que el riesgo a bajar de manera poco digna por esos escalones.
Ya en la plataforma, cargados con la botella, el jaquet, los plomos (menos que de costumbre, en estas aguas no flotas tanto como en el mar) y el foco; saltamos con un paso de gigante al agua. Encendemos los focos y seguimos con ellos un cabo que marca los 20 metros. El fondo está más abajo, 20 metros más todavía exactamente. Y desde la superficie se perfila, es increíble la transparencia de estas aguas.
Si tuviese que describir la sensación de bucear en un cenote la respuesta sería volar, te sientes volar. Dada la nitidez del agua; no la ves, no hay movimiento en ella y te sientes flotar completamente ingrávido ante un espectáculo majestuoso de luz filtrándose en el agua, perfilando sus rayos hasta perderse en lo más hondo.
A poco más de 2 metros el cenote Kin Ha empieza a abrirse. Es como si entrases en una catedral por un ventanal ubicado en su bóveda. De los techos que ahora están sobre nosotros cuelgan inmensas estalactitas, unas rectas y otras en forma de campana.
Salimos del agua con esa sonrisa que no puedes quitare de la cara, llenos de felicidad y maravillados por lo que hemos sentido ahí dentro. Si muchas veces los buzos comparamos el fondo marino con otro mundo, los cenotes llevan esta definición a su máximo exponente, es como haber estado en el espacio exterior aunque realmente lo que hemos hecho ha sido bajar al inframundo maya.
Según la Wikipedia existen 3 tipos de cenotes: los de cielo abierto, los semiabiertos y los subterráneos o grutas. Para mí también, los que se encuentran en su estado natural, preciosos pero peligrosos, ojo con los cocodrilos; los que tienen un restaurante o centro de buceo en la puerta que se diferencian por ser la especie humana la predominante en su ecosistema, y el resto, pequeños, grandes, profundos, abiertos, subterráneos, con o sin haloclinas, con o sin salida al mar, gestionados por sus dueños, pequeños empresarios que han querido ofrecer al mundo un pedazo de su tierra con una intromisión mínima en la naturaleza que les rodea. Y el Kin Ha es uno de ellos.

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